domingo, 17 de octubre de 2010

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Sobre su lienzo se vierten miles de desperdicios humanos y no humanos, en la noche y en el día, penas y excrementos. La mierda del can es tolerable, la mierda del hombre es perdurable, así como el olor, la una es insignificante y la otra es tétrica y punzante, y por desgracia, hay mas mierda de hombre que de perros.

Dotada de ríos que no cesan de correr y sumergida en un valle que lo deja todo a la cómoda vista, Caligula escupe cantaros de agua al final de su segundo semestre, destila vientos en agosto y septiembre, el primer trimestre arde de calor como una cortadura arriba del talón y en diciembre afloran el consumo y con este las tragedias.

Avenidas y calles que saben a café sin endulzar, a ese agrio sudor de caligulo envenenado por el aplastante sol de enero o las paredes de San Barronio, que su sonido tan agudo hace subir a sus cumbres y calles mas empinadas, el avernante centro, que produce un trancón emocional bastante pesado, ahí no se puede caminar, el ruido es desesperante,  los humores se mezclan entre sí produciendo un estado letal, al menos para algunos de sus transeúntes, no hay orden social, no hay respeto entre sí, ni comunicación siquiera... y empezó a oler a mierda.
La avenida seiscientos sesenta y seis cargada de rojos pasionales, de lujos que saben a gaseosa importada, vestidos y trajes que suenan a deseos y derroche de dinero y el verde arrecife de los ejes que hacen mover ese lugar, es la versión de Las Vegas extremadamente minimizada. aquí también yacen como mis recuerdos, múltiples memorias mundanas de quienes se arraigaron a este venenoso manantial de placeres. Rance era por el contrario un lugar de Caligula apartado de ella, un lugar para purificar los pulmones del viscoso hedor a gasolina, humos, concreto y delincuencia -aunque allá también roban- ¡no pensé que se cagaran también en Rance!... hay zonas verdes, hay un río que aunque ya parezca sediento, aún es cristalino y frió. Rance por el contrario, pareciera sonar al blanco de la despreocupación ,allá el sol se asoma casi hasta las 5 de la tarde, que es cuando toca volver a la otra jungla, la de asfalto, y para costumbre de los caligulos el tedio de esa bajada que termina sabiendo a aliento de resaca, es ese desorden vial infestado de choferes que parecen cerdos ansiosos que pelean todos entre sí por un solo plato de comida, carreteras angostas y buses cada vez mas descomunales, no me había fijado pero también hay mierda en las carreteras, se cagan hasta en las destapadas ¡es el colmo!. 

A las afueras de Caligula, en el Pauca exactamente, ese Pauca que huele a cachama con sabor a carne humana, justo bajo el puente donde arrojan a los mutilados para que se los coman los peces y no dejar evidencia alguna, yacen miles de hombres, niños, mujeres y viejos de diferentes profesiones y con memorias gratas e ingratas de su paso por la terrible e insoportable Caligula. No existen mejores percepciones que las que bajo este puente paralelo al Pauca se tienen de Caligula, un total vertedero de memorias poco gloriosas. Aquí, bajo este puente, hace un frío terrible de noche y un calor húmedo en el día, las aguas son tranquilas en verano y tormentosas en invierno por lo que no se podía sacar buen provecho al asomar la cabeza en la superficie del agua en las noches pues las severas corrientes te mueven de un lado a otro y no te dejan ni escuchar y mucho menos dialogar. De día, si sacábamos la cabeza para respirar el barroso aire humedecido con el hierro oxidado no podíamos hacerlo con tanta fluidez como cunado lo hacimaos a la luz de la luna. Es que oxigenarnos a la luz de luna era como el ensordecedor y exquisito sonido de una buena sazón casera, era como sentir la delicada textura del oxigeno de las seis de la mañana trotando en tus pulmones, cosa que de día no pasaba y por alguna extraña razón, que nadie había podido descifrar, no se sabía por qué sentíamos tanta molestia al asomarnos en el día y bajo el agua estábamos mas tranquilos.

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